Camila Cañeque. La última frase. Ed. La uña rota

Al terminar de leer La última frase de Camila Cañeque me conecté a Instagram para regresar a la realidad y comprobar si, pese a todo, existía un principio -me conformaba con fuera una continuación- después de un final. Por abrupto o sangrante que fuera. Me sentía exhausto y acabado y necesitaba dar con algo que me reafirmara en la idea de que la vida sigue y nada termina a menos que la muerte entre en acción. Y solo se muere una vez.

Pero yo seguía vivo.

Cuando abrí Instagram y, todavía con el móvil en la mano, sentí que me estremecía al ver que las historias arrancaban con las crecidas del rio Tajo y el derrumbe del puente de Santa Catalina de Talavera de la Reina[1], decidí poner el móvil a cargar, tomar asiento, conectar el ordenador y empezar a escribir este texto que están leyendo y que, una vez terminado, entendí que, para mí, había sido como la superación de otro final, una vez más.

Para volver a empezar otro, de nuevo.

Cuando cayó en mis manos La última frase de Camila Cañeque, su libro póstumo publicado por la editorial La uña rota en 2024, lo único que sabía de su autora es que era una artista, escritora y filósofa de Barcelona, que había fallecido prematuramente a sus 39 años y que era amiga o conocida de mucha gente que yo también conocía y que había expresado, a través de las redes sociales, una profunda desazón por su fatal desenlace. La muerte de Camila, embarazada de su primer hijo, sucedió mientras dormía la noche del 13 al 14 de febrero de 2024 y, a tenor de lo que había leído, significó para muchos la pérdida de un ser muy especial.

Quizás porque no conocí a Camila ni tan siquiera de nombre, sentí la necesidad de tirar del hilo tras el impacto que me causó la lectura de su libro. Junto al deseo de seguir exprimiendo las mieles de un relato que no quería que terminara, me intrigaba saber algo más de quien, a través de sus palabras, me había abierto las puertas de un ser cuya alma, para mí, seguía viva incluso después de cerrar sus ojos.

Camila Cañeque nació en Barcelona en 1984, estudió en la Universitat Pompeu Fabra, se graduó en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid e hizo varios másteres en Literatura y Filosofía. También trabajó en galerías de arte, museos y centros de arte de New Jersey, Lituania, Rio de Janeiro, Berlín, Sabadell y Barcelona, concretamente, en Fabra y Coats y La Capella, el espacio donde, entre octubre y noviembre de 2024, tuvo lugar Infinita/Unfinished. Poètica del cansament[2], una suerte de homenaje a su figura en formato expositivo dirigido por Beatriz Escudero y Eloy Fernández-Porta a partir de una selección de sus performances, instalaciones, fotografías, objetos y su escritura. Como nunca se puede ver casi todo, se me pasó por completo visitar esta exposición. Y me sabe muy mal.

Hoy, hubiera ido sin lugar a dudas.

En el folleto editado por La Capella en ocasión de este homenaje leí que la artista “investigó el cansancio de nuestros paisajes contemporáneos a través de proyectos de performance, instalaciones, objetos y textos. Mediante un uso figurativo del vocabulario de las sociedades de consumo y composiciones más abstractas, su práctica artística es una oda a la inactividad, una cara B de nuestros tiempos acelerados e hiperconectados en la que abundan el silencio, la quietud y lo deshabitado, lo que revela un agotamiento multifacético, una resaca tanto histórica como física, política y medioambiental.”

Y todo esto me llevó a pensar que Camila era una resistente.

Avanzando en mis pesquisas en torno a la figura de esta artista me enteré, sin moverme de la página web de la Capella, que había escrito un texto para una exposición que se hizo en este espacio y que me había interesado especialmente. Me refiero a Otra luz cegadora, una exposición de Diego Paonesa en la cual el artista planteaba “una aproximación a la ciencia ficción desde la narrativa de un objeto lumínico y la influencia que ejerce en un espacio. El acontecer de la luz, la cualidad temporal y la expectativa ante el suceso convergen en un evento cíclico. Un proyecto que arranca del descubrimiento del planeta extrasolar Kepler-16b y que fabula con la posibilidad de que un pseudocuerpo celeste, que no existe, sea introducido en nuestro sistema solar y, en su trayectoria, el punto de máxima luminosidad se pueda observar desde el espacio expositivo”[3]. Si recuerdo esta exposición de Paonesa como una propuesta contundente, impactante y abrumadora[4], no recuerdo en absoluto haber leído el texto que la acompañaba. E ignoro si fue porque en aquel momento no lo necesité o porque el modo en que el texto se había maquetado me resultara demasiado obvio en relación a la obra de Paonesa: una enorme bola de luz (cegadora) gravitando en el espacio de la nave central de la Capella, en el caso de la exposición; una circunferencia de palabras embutiendo su texto, en el caso del folleto.

Pero volvamos al libro.

La última frase de Camila Cañeque es un libro que devoré en menos de dos días y que digerí no como un volumen adquirido en una librería, sino como una lección de vida abierta en canal arrojando, con una intensidad creciente a medida que pasaba sus páginas, las dudas y certezas, momentos lúcidos o de confusión que su autora experimentaba transitando en silencio por los caminos que se le abrían en cada una de sus frases.

El camino de una artista, una filósofa, cuya vida no imagino cómo seguiría hoy si todavía la estuviera escribiendo, si todavía siguiera entre nosotros.

Enfrascado en una lectura sin tregua y asimilando las estrategias con que Cañeque estructuraba su rosario de últimas frases, noté el incremento de mi tensión emocional cuando, hacia el final del libro, me sentí incapaz de sospechar cómo se resolvería, cómo su autora decidiría terminarlo. En pleno fragor de un combate con una jugadora con fuego en cada una de sus frases, yo, que no podía dejar de leer, luchaba por resistir la tentación de dirigir mis manos hasta la página 116[5] y así resolver mis dudas leyendo su última frase. Las últimas palabras del fin de su libro. Sabía que tarde o temprano lo iba a saber. Y que no era necesario que me diera prisa. Disfrutaba de la lectura y, además, ¿qué me hubiera aportado saber que el libro terminaba con vale, una más que triste palabra arrancada del final de Don Quijote de la Mancha? Sospecho que me hubiera dado un bajón. Y me hubiera deshinchado como un globo.

Y yo, quería seguir flotando.

La colección de finales que engarza Camila Cañeque a la manera de una columna vertebral, es una suerte de viaje a la eternidad protagonizado por una escritora que, agarrándose con las dos manos al volante de su libro, invita al lector “a observar nuestra dependencia y atracción por el desenlace de las cosas”. Frente a la consideración de que la primera frase de un libro “es una gran seductora o eso se espera de ella”, la autora sostiene que “el mayor encanto de empezar una novela es saber que termina” y que la fragilidad y contingencia que se dan citan en su final -al final de un libro, me refiero- es lo que hace que su historia se detenga y que la obra se eternice.

En este libro repleto de idas y venidas, enfoques y desenfoques, sosiegos y sobresaltos y la ayuda de 22.000 palabras[6] con las que la artista modela una obra maestra a partir del estertor de 452 libros[7], Cañeque sumerge al lector en un mar inmenso de asociaciones donde no sólo todo es posible, sino que promueve encuentros tan estimulantes como el aquelarre entre J.M. Coetzee, Harold Pinter, Simone de Beauvoir y Joseph Roth[8] o el idilio entre Thomas Mann y Clarice Lispector[9]. Algo poco habitual.

Para entender quién movía los hilos (rojos o no) que permitía aquellos encuentros tan dispares y singulares como los dos ejemplos del párrafo anterior, me vi impelido a contactar con amigos de Camila para que me explicaran, aunque fuera muy por encima, cómo era esta artista en la distancia corta. Si con el material del que yo disponía[10] le podía tomar medidas a su figura, quería acercarme a ella desde una perspectiva más humana.

Y entonces empecé a preguntar. A amigos comunes. Y otros que no conocía de nada.

Quienes respondieron primero fueron los amigos de Camila que habían conectado con ella por razones, básicamente, profesionales. Eran amigos con quienes la artista había establecido un vínculo circunstancial y de proximidad y que, aunque se apreciaran y compartieran intereses y puntos de vista, no formaban parte de su círculo de amistades más íntimo. A tenor de las respuestas que recibí, respuestas todas ellas nada comprometidas, pero sí muy sinceras, supe que el paso de Camila por sus vidas les había dejado una bonita huella. También me pareció entender que Camila era una buena conversadora, una gran escrutadora, muy trabajadora, que te ponía a prueba antes de trabajar contigo, que era misteriosa y con muchas vidas, que su capacidad crítica y analítica era muy significativa y que su uso del lenguaje -tanto el oral como el escrito- no era nada habitual; era muy interiorizado y, sobre todo, muy preciso. También me pareció entender que, en la medida en que buena parte de la carrera artística de Camila se había forjado en el extranjero, lamentaban no haber coincidido con ella cuando se modela aquel tipo de amistad que, con un poco de suerte, nos va a acompañar para el resto de casi toda la vida, es decir, la que germina, siendo todavía joven, entre el fin de la etapa universitaria y el aterrizaje forzoso en el meollo de una profesión[11] que desconoces por completo, que muchas veces acojona y hacia el cual te has precipitado porque creías que era tu deber. Camila conocía a mucha gente y trataba con muchas personas, pero sólo unos pocos tenían acceso a quien le daba vida. En cierta medida le pasaba como a muchos de nosotros: conocemos a mucha gente, pero amigos, lo que se dice amigos, se pueden contar con los dedos de una mano.

Esto es lo que me pareció entender.

En espera de recibir más noticias de otros amigos de Camila, seguía dándole vueltas a su libro e investigando su figura a través de entrevistas, textos y fotografías suyas. Y en una de estas sesiones fue cuando reparé en que una las obras que más me habían impactado de una exposición que había visto en Caixaforum Barcelona[12] era de Camila Cañeque. Y yo sin recordar su nombre[13]. La obra en cuestión se titulaba La huida inmóvil (2020) y estaba formada por dos pestañas postizas “caídas”, cual ángel, sobre el suelo blanco de una sala de exposición y un código QR en la pared conduciendo al espectador a una playa desierta del Ampurdán. Una suerte de invitación a huir contemplando un horizonte de forma serena e infinitamente. Si aquella exposición reflexionaba sobre la pereza y la inactividad, los dos ojos de Cañeque, caídos en el suelo, evocaba un modo de estar en el mundo plantándole cara a la hiperactividad y reaccionando frente a ella por la vía de la observación.

Un plan perfecto, sin lugar a dudas.

Entre las cosas que me comentó otro de los amigos de Camila fue que le gustaba tirar del hilo de referencias de otros artistas. Le gustaba retomar argumentos ajenos, llevarlos hacia su terreno y, con todo ello y su forma singular de hacer las cosas, hilvanar los suyos (los argumentos, quiero decir) abriendo el paso a otra forma de leer la vida. Sería un poco (o un mucho) como lo que hizo con su libro: arrancar referencias de libros ajenos -últimas frases, en este caso- para escribir otra cosa, completamente distinta.

Una obra de arte.

Además del hilo que, de principio a fin, atraviesa el libro de Cañeque, eran muchas las preguntas que me hacía mientras lo leía. Por ejemplo:

  • ¿se había leído Cañeque los 452 libros a los que les arranca su final, de cuajo?
  • además de las últimas frases de su libro, ¿atesoraba la autora muchas más? ¿pensaba seguir coleccionándolas?
  • ¿Por qué me resultaba tan bonito cuando, alguna de las frases del libro, se precipitaban al vacío desde la mitad de una página hasta el final? ¿Por qué era todavía más bonito cuando lo hacían desde lo alto de una página en blanco? Si en el primero de los casos, esta suerte de suicido se me antojaba como una bocanada de aire fresco, en el segundo de los casos me dejaba sumamente inquieto en la medida en que desconocía desde dónde saltaba y, por lo tanto, desde qué altura lo hacía. Un salto mucho más drástico, este último que, a la vez, me producía un efecto extraño. Un bonito efecto extraño.
  • ¿cómo es que no miré la procedencia de cada frase hasta llegar a la mitad del libro? ¿por qué no lo hice antes? No tengo ni idea. Solo sé que, desde el momento en que lo hice, sentí la necesidad de conocer sus autore/as o, como mínimo, alguno de ellos. Incluso llegué a ir hasta el principio del libro para conocer el autor de algunas de las frases leídas. Y la sensación era como si el libro se engordara como lo hacen ciertas esculturas de Erwin Wurm.
  • ¿Cuál era la razón por la que Camila seleccionaba una frase?, ¿se contentaba con cualquier frase final de cualquier libro?
  • Siempre me han gustado los códigos QR. Me fascina su modo de abrir mundos al traspasar una mancha incomprensible. Al final del libro Camila estampa al lector frente a un código QR, un punto de fuga, una puerta que, en lugar de aclarar, rehoga al lector en el mismo mar de frases finales, todos los que Camila ha utilizado para construir su libro. ¿Acaso hay algún resquicio de esperanza al eliminarlos todos? ¿Qué hay al final?

No lo sé. Yo por si acaso, no los eliminé. Prefiero quedarme con la duda.

Si apenas tardé un día en recibir respuestas de los amigos de Camila, después de una semana todavía había algunos que no habían dicho nada. Y me preguntaba ¿debe ser difícil escribir sobre alguien a quien has querido y que, de repente, desaparece de tu vida? ¿debe ser difícil hallar las palabras adecuadas para sintetizar lo que significó una amiga? ¿debe rallar mucho contarle a alguien que no conoces algo de una amiga a quien has querido?

Escribir tiene su qué y expresar en palabras lo que se siente a veces es complicado.

Con todos mis respetos por la decisión de cada uno, esperé unos días sin insistir a nadie. Y fue en este período cuando, en una de mis revisiones del spam del correo-e, hallé una respuesta en forma de explicación, que sintetizaba la idea que, hasta entonces, me había hecho de Camila. En este email se me decía que Camila era una persona con una gran capacidad intelectual, inteligente y muy creativa, que tenía humor y era muy sugerente a la hora de plantear sus ideas e intenciones y también que su día a día estaba centrado completamente en su trabajo. También me confirmó que no pertenecía a ningún contexto pero que, al mismo tiempo, formaba parte de muchos y que, quizás por ello, se la podía ver un poco como una outsider. También se me decía que Camila era capaz de condensar en muy pocas palabras muchas imágenes y sensaciones.

Al llegar a este punto, decidí dar por terminada mi investigación en torno a Camila Cañeque. Su libro la trascendía y a mi me había tocado. ¿Les parece bien?


[1] Puente de origen romano, emblema y símbolo de esta ciudad castellano-manchega, cuya referencia documental más antigua data de 1227.

[2] https://www.lacapella.barcelona/ca/infinitaunfinished-poetica-del-cansament

[3] https://www.lacapella.barcelona/es/otra-luz-cegadora

[4] porque era simple a la par que compleja, porque apagada era una escultura inquietante, porque encendida no se podía ni mirar, porque la luz que desprendía anulaba el espacio circundante, porque al estar debajo de ella no se sabía qué podía pasar o porque pensar en la ficción de su relato engrandecía su singularidad hasta decir basta.

[5] la última página del libro.

[6] “la misma extensión que la última frase del Ulises, el somnoliento soliloquio de Molly Bloom”, nos dice Camila al inicio de su obra.

[7] Desde autores clásicos y contemporáneos hasta novelistas, poetas, filósofos o lingüistas.

[8] En la página 56 del libro.

[9] En la página 78 del libro.

[10] A saber: su obra, una entrevista antigua, varios textos sobre su práctica profesional, textos sobre ella, noticias aparecidas en los rotativos tras su muerte y, posteriormente, tras la aparición de su libro.

[11] Como, por ejemplo, el ámbito artístico.

[12] La exposición se titulaba Sooooo lazy. Elogio del derroche, y la comisariaron Beatriz Escudero y Francesco Giaveri. Más info aquí: https://mediahub.fundacionlacaixa.org/es/cultura-ciencia/cultura/museos-centros-culturales/2020-11-26/caixaforum-barcelona-reivindica-pereza-exposicion-627.html

[13] Cuando se ha visto un montón de artistas estamparse contra una pared después de una aparición estelar en el contexto del arte, uno se fija más en las obras que le inquietan que en el nombre de sus autores. Si no se trata de un fuego fatuo, tarde o temprano volverán a aparecerse. Y si lo son, un nombre menos que tienes para recordar.

[14] Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha.

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