Cortázar en casa. Casa América Catalunya, Barcelona

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Hay algo adherido a los objetos personales que adquiere una especial dimensión cuando su propietario ya no está porque se ido, ha desaparecido o ha muerto. Lo cual no quiere decir que para todos sea igual. Porque no todos lo perciben así ni el significado de los objetos es el mismo para todos. Salvo para quienes piensan que son historias raras o no son proclives a sentimentalismos baratos -como dirían ellos- son quienes por razones familiares, de amistad, aprendizaje, admiración en vida o lo que sea, estuvieron cerca del ausente, quienes tienen todas las de ganar -o perder- para percibir en objetos personales ajenos el alma de quien los poseyó.

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Frente a quienes creen que un objeto es un objeto es un objeto, hay quienes consideran que desde el momento en que, un objeto, ha sido escogido por alguien tiene algo de este alguien que lo trasciende y le da vida. Y es quizás esa vida extra del objeto –la diferencia entre ordinario y extraordinario está en esa cosita extra, dice Dora García en una de sus frases de oro- lo que hace que quien la perciba establezca con él una relación especial. Porque el objeto ya no será un objeto -no será un objeto, no será un objeto- sino algo que fue de alguien que a través de este objeto le está recordando.

Enterado por una de esas grandes artistas narradoras que, actualmente, ayuda a mantener en vida la escena artística de nuestro país – Marla Jacarilla, para quien no lo sepa- una de estas mañanas de verano en las que la lluvia torrencial me hizo creer que me había vuelto loco porque parecía que había llegado el invierno, me dirigí a la Casa América Catalunya para ver la exposición Cortázar en casa. Se trata de una exposición pensada para homenajear al escritor argentino Julio Cortázar en ocasión del centenario de su nacimiento y formada, entre otras piezas, por primeras ediciones de sus libros, fotos, cartas y postales manuscritas y/o mecanografiadas, libros de artista con los que colaboró y todo ello dispuesto a la manera de un enorme collage -técnica que utilizó en algunas de sus obras- con el fin de invitar a conocer al Cortázar íntimo desde distintas facetas de su vida. A saber: como profesor, melómano, literato, comprometido con las causas sociales -memorable la foto en la que aparece haciendo entrega de los derechos de autor de El libro de Manuel a los abogados que defendían los derechos de los presos políticos argentinos- amigo, viajero, hijo y habitante de la ciudad donde, junto a su familia, pasó parte de la primera guerra mundial hasta que, en 1918, regresara a Argentina. O sea: Barcelona.

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Comisariada por Carles Alvarez con el aval de Aurora Bernárdez -viuda, albacea y heredera universal de las obras de Cortázar- la muestra también cuenta con una serie de vinilos y archivos de audio donde se puede escuchar al propio Cortázar leyendo sus textos -¡¡ese acento argentino francés y esas erres!!- hablando con Manuel Antín en 1963 a propósito del guión de la película Circe o impartiendo su primera clase de literatura en Berkeley allá por 1980. También hay una pieza de arte sonoro interactiva que tiene su qué y que ha sido creada para la ocasión por los músicos latinoamericanos David Machado y Hegel Pedroza a partir del relato de Cortázar La vuelta al piano de Thelonious Monk. Se trata de una obra en la que, a través de paisajes sonoros de ambientes noctámbulos vinculados al jazz -ya se sabe, sonidos de copas brindando o cayendo al suelo, sorbos líquidos, olor a moqueta y humo, mucho humo- se escuchan frases del cuento de Cortázar junto a fragmentos de la obra de Monk. Es decir, la evocación de un mundo que, a mí personalmente, me hipnotizó durante bastante rato.

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La exposición, en general, me pareció honesta, bien dimensionada y, en algunos momentos, interesante y hasta recomendable. Pero debo confesar que lo que llamó más mi atención fue la colección de objetos personales que, apareciendo de vez en cuando a lo largo y ancho del collage expositivo, le hacen sospechar a uno acerca de sus reparos con la cleptomanía.

A mí, con Cortázar, me pasa lo mismo que con Fontana, Antonioni o, en general, con artistas y creadores cuya obra me parece que no tiene fin. Porque se trata de una obra con la que yo, sin apenas sospecharlo ni esperar nada, me suelo cruzar con ella de manera regular. En consecuencia, más que haberme convertido en un experto en la obra de artistas tan esenciales para mí, lo que sigo haciendo es intentar saborear su obra -también su pensamiento, su ser, su manera de entender e interpretar el mundo- cada vez que reaparece en mi vida. Y así, como quien no quiere la cosa, creo que  me acerco al impulso que les llevó a crearlas y a entender la manera en que me relaciono con ellas y al sentido que mi pensamiento va adquiriendo poco a poco.

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Si del creador de esta lectura interminable que es Rayuela o de las instrucciones para subir una escalera o para darle cuerda a un reloj, me fascinaba su capacidad de sumergirme en otro mundo a partir de las referencias y palabras del nuestro, reconozco que, desde el momento en que vi en la exposición su máquina de escribir sentí que la distancia que me separaba de su propietario se acortaba considerablemente. Y no me pregunten por qué. Junto a esta máquina de escribir, además, se exhibían algunas de las cartas que, se supone, fueron escritas haciendo uso de ella. De una de estas cartas -la dirigida a su madre- se han hecho copias en papel para que, quien quiera, se las pueda llevar. Y así alimentar su vertiente fetichista.

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Además de la máquina de escribir, la exposición también cuenta con otros objetos personales: su pipa -mostrada junto a una foto del escritor con ella entre los labios- documentos personales originales como el carnet de conducir que le expidió la Prefectura de Policía de París en 1958, dos pasaportes, un billete de tren, su agenda telefónica y algo que, para mí, fue especialmente revelador: dos de sus caleidoscopios. Un instrumento tan simple como enigmático, sencillo y evocador como sumamente decisivo para quienes, en algún momento de sus vidas, los tuvieron en la lista de sus objetos de evasión más preciados.

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Más que ver una exposición, lo que hice aquella mañana de julio mientras la lluvia arreciaba en la calle, fue acercarme a una persona cuya obra no me deja indiferente. Nunca. Porque nunca termina. Y en ello estaba pensando mientras escuchaba su voz, veía su pipa, su máquina de escribir, sus documentos personales, sus cartas, sus postales.

Aunque, sobre todo, aquello que le permitió vislumbrar otros mundos.

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Es decir, los caleidoscopios que fueron de Cortázar.

Más información (Casa América Catalunya)

Más información (Los autonautas de la cosmopista – 13/04/14. Café del Sur. Radio3)

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Victòria Rabal. Gyotaku: capturar el alma de los peces. Museu Marítim de Barcelona

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De no haber sido por Jo Milne, una de las dos cabezas pensantes de Iceberg Z46 -exposición de la que, hace un tiempo, ya hablamos desde esta plataforma- todavía no me habría enterado de que en Japón existía una técnica de impresión conocida como gyotaku. Según wikipedia, se trata de un método artístico tradicional japonés nacido a mediados de 1800 y usado por los pescadores para tener una prueba de sus mejores capturas, algo que, con el tiempo, también derivaría en una forma de arte. También dice wikipedia que, a diferencia de otros métodos de impresión más industrializados en los que se crean imágenes idénticas, el método directo del gyotaku produce imágenes únicas denominados monotipos.

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No sé si será por los pescadores, los monotipos o porque el título de la exposición sugiere la posibilidad de capturar el alma de los peces, pero el caso es que, al día siguiente de haber leído el post de Jo, fui a ver la exposición en el Museu Marítim de Barcelona, un lugar al que, por cierto, vale la pena ir regresando porque, en cuatro palabras, es una verdadera ma-ra-vi-lla.

Superado el trance de verme acogido por la arquitectura de este espacio verdaderamente sin igual, me dirigí sin demora al espacio donde, según me informaron, se había instalado la exposición. Y al verla, desde lejos, me quedé realmente impresionado. A diferencia de la percepción que había tenido viendo el link que pasó Jo, las dimensiones de la instalación sobrepasaban lo imaginable. Tanto desde el punto de vista de su formalización como de su equilibrio, ubicación en el espacio, del recuerdo a esas sábanas que cuelgan de los tendederos que se ven desde las calles, de los secaderos de bacalao del norte… en fin, de cualquier cosa que me pudiera imaginar. Y lo más curioso de la cuestión es que, sin pertenecer exactamente a ese tipo de obra a la que, por formación, deformación, vicio, tendencia, inercia o lo que sea, me inclino a considerar como la que más se identifica con mi modo de pensar, de ver y de entender el mundo, me vi atrapado entre sus redes sin ser consciente del tiempo que pasaba. Por lo que llegué a la conclusión de que, independientemente de cualquier lectura, se trata de un trabajo muy bien hecho, de un trabajo que se nota que está pensado, de un trabajo que se ha hecho con amor -y ruego me perdonen semejante alarde de cursilerismo- y de un trabajo con el que, por las razones que sean, es difícil toparse sin que alguien te avise.

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La autora de esta exposición titulada Gyotaku: capturar l’ànima dels peixos, es Victòria Rabal, artista, directora del Museu Molí Paperer de Capellades desde 1982 y, durante mucho tiempo, recopiladora por mercados de Barcelona, Catania, Estados Unidos, Argentina y México de las más de 70 especies diferentes de peces y moluscos de las que se ha valido para realizar esta muestra. Realizadas con tinta china sobre papel oriental de fibra de ganpi y mitsumata y hecho a mano por maestros papeleros de la ciudad de Aoya, Japón, las cerca de 300 impresiones de 74 x 142 cm que Rabal ha dispuesto a la manera de sábanas colgando de tendederos y a distintas alturas, son una suerte de invitación a dejar que el tiempo vuele mientras vemos sobre el papel el trazo de la ausencia de unos peces muertos. O sea, su alma.

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Formada por las palabras gyo (pez) y taku (frotar), de forma que la palabra gyotaku se podría traducir como impresión de peces, se dice en el panel informativo de la sala que, si el ejemplar más antiguo de gyotaku que se conoce es El carpín de Kinshi, de 1839 y en conservación en el Archivo Histórico Regional de Tsuruoka, el más conocido es el de una carpa capturada en 1957 en el rio Mogami y actualmente en conservación en el Museo de Arte Homma, en la región de Sakata. Por su parte, cuenta Joan Fontcuberta en El beso de Judas. Fotografía y Verdad– artículo en Cartografías Urbanas. Ed. G.Gili, Barcelona, 1997- que una vez hecha la impresión de los peces, «los pescadores solo se permiten el retoque de los ojos, una licencia que me gustaría creer más emparentada con la magia y el juego que con la obsesión realista de fidelidad al modelo. A continuación, con una caligrafía grácil anotan la clase, el peso y el precio del pescado. Cuelgan el cartel en el interior de su tienda, junto a los otros muchos peces que ese día están a la venta y que van desapareciendo a medida que los clientes los compran y se los llevan».

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Yo no sé, pero viendo este tipo de propuestas inesperadas uno se da cuenta de que, ciertamente, hay mucho mundo por conocer. Porque es mucho lo que se desconoce, también es mucho lo que nos sorprendería y es mucho más lo que aprenderíamos manteniendo viva nuestra curiosidad al margen de formaciones, deformaciones, vicios, tendencias, inercias, prejuicios o lo que sea. De modo que, aunque el gyotaku haya sido, para mí, un profundo desconocido hasta la fecha y algo que ignoro si me volverá a afectar como lo ha hecho en esta ocasión, lo cierto es que me alegro de mi acercamiento a él, de haber visto esta exposición, de saber que quien la hecho se ha tomado su trabajo muy en serio y de ver que los trabajos pensados a largo plazo suelen tener su recompensa.

También me alegro de haber regresado al Museu Marítim de Barcelona. Una tarde de Julio. Como quien no quiere la cosa.

Victòria Rabal en el Museu Marítim de Barcelona de Frederic Montornes en Vimeo.

 

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