Sobre el comisario, el comisariado y demás derivas curatoriales. (1)

De un tiempo a esta parte no son pocas las veces que en boca de artistas, gestores u otros miembros del paisanaje artístico de nuestro país, han llegado a mis oídos o a mi vista palabras y textos cuestionando la función del comisario, su papel en el engranaje del circuito del arte, su buena o mala profesionalidad, su fantástica o nefasta gestión, su estrellato o cómo se estrella, su voluntaria o involuntaria invisibilidad o el calado de su discurso profesional en razón de su independencia, juventud, senectud, vinculación con la gestión cultural, relación con un museo, un centro de arte o una fundación o en base al activo de su procedencia como artista, escritor, poeta, músico, científico, periodista cultural, trabajador o, simplemente, un buen amigo. Se trata de un tema, el del comisariado, tan adulado y odiado a partes iguales que la estabilidad de los argumentos que se esgrimen para ensalzarlo o triturarlo no siempre son fáciles de discernir, por mucho empeño que se ponga en ello.

Como el tema en cuestión no me deja impasible hace unos meses me propuse escribir un texto con la intención de discernir en qué punto me hallaba en relación a todo ello. Poniéndole palabras al modo en que percibía cómo se desarrollaba el comisariado en el ámbito que me resulta más familiar -es decir, el que palpo con más conocimiento de causa, el que tengo cerca, un ámbito de alcance más bien local- quizá podría entender qué era para mí un comisario y sus derivas curatoriales.

El texto que viene a continuación -el primero de una serie que irá apareciendo progresivamente- es una reflexión articulada desordenadamente y a la manera de un rizoma, la estructura que refleja con más claridad la forma que esta profesión dibuja en mi cerebro. Es decir, la de un tallo subterráneo con yemas creciendo indefinidamente de forma horizontal y emitiendo, desde sus nudos, raíces y brotes herbáceos que, en el curso de los años, permitirán que mueran las partes más viejas para que crezcan los brotes nuevos, los encargados de cubrir grandes áreas de terreno. Así, en general.

Si el tema del comisariado, como hemos dicho, levanta pasiones pero también entierra indiferencias es porque todo es muy distinto cuando un comisario aparece en escena. En especial, cuando se trata de un personaje influyente y su radio de acción se dice que alcanza unos límites estratosféricos. El halo que desprende un comisario en base a esta suposición se nutre, en buena medida, de lo que aportan quienes le rodean, están con él o son “sus amigos”, aunque a veces -quizá muchas veces- es el propio interesado quien se encarga de alimentar su propio mito. Se trata de una maniobra, la del autobombo, capaz de alcanzar gran relevancia cuando el susodicho ejerce en régimen de autónomos y al margen del paraguas que siempre ofrece una institución.

Por ser verano y disponer de mucho tiempo, le seguía dando vueltas a este tema cuando dejé caer entre mis manos un ensayo de David Balzer titulado Curacionismo. Cómo la curadoría se apoderó del mundo del arte (y de todo lo demás), publicado en 2014. No es que el tema me interesara de repente ni mucho más de lo que siempre me ha interesado. Sucede que el título me atrapó y que, a partir de este momento, poca cosa pude hacer. Hojeándolo, además, vi que el prólogo se consagraba a desvelar el siguiente enigma: “Quién es HUO?” -es decir, Han Ulrich Obrist, paradigma del comisario estrella internacional.

Conocí a HUO a principios de los años 90, cuando quienes se reían de él eran tantos como los que le halagaban. El comisario-futura-estrella se hallaba al inicio de su carrera y casi siempre se le veía acompañado de Harald Szeemann, el fundador del comisariado independiente, el gran hacedor de exposiciones conceptual, el vestigio de un curacionismo que ahora mismo es completamente inviable. Era tan intensa la conexión que existía entre ambos que había quien decía que (HUO) no tardaría en quitarle el puesto a su padre putativo, su progenitor profesional. ¿Qué puesto?-me preguntaba yo, que en aquel momento también me hallaba al inicio de mi carrera.

Aunque me despertaba cierto interés, nunca traté a HUO más de lo necesario y de modo cordial. Aparte de no saber muy bien qué decirle creo que el perfil de persona que le interesaba era el que le garantizara un peldaño más en la escalera de un propósito que, a todas luces, distaba del mío. Debido a este pequeño desajuste, creo que de mi no debe saber absolutamente nada. Desde mi ignorancia y simplicidad, siempre he pensado que nacemos para ser singulares y diferentes y que cualquier intento en parecer otro puede acarrear desagradables sorpresas. Mi interés en HUO, en consecuencia, no se debía tanto en querer parecerme a él como por lo que tenía de singular su forma de ser y actuar. Aunque el aura de este comisario nunca sospeché que alcanzara el nivel que ha adquirido, no creo que, habiéndolo sabido, mi relación con él hubiera sido distinta. En todo ello, también existe una importante cuestión de química.

Seguir tirando del hilo a través del ensayo de David Balzer -crítico, editor y profesor de arte canadiense de quien, hasta ahora, nunca había oído hablar- no es fruto de un capricho sino de lo que iba barruntando sobre el modo en que se generalizaba en torno a la figura del comisario, un profesional tan crucial y prescindible, como controvertido e inasible. Mi intención, al querer seguir indagando en ello, no era tanto llegar a una conclusión como poner palabras a lo que, para mí, eran maneras de abordar el comisariado en función del contexto en que se desarrollaba, la edad del comisario, la procedencia del susodicho, los intereses de la persona, la frecuencia con que ejercía, la profesión por la que se le conoce o las razones que le erigieron en comisario sin tener idea de qué iba la cosa. Porqué, estarán conmigo, recopilar cosas, conectarlas y compartirlas con un público de forma que le posicione a uno como creador de gustos y tendencias, por muy cool y divertido que sea, no tiene nada que ver con ser curador. Básicamente, porque no curan nada.

De los textos que, hasta la fecha, he podido leer en relación al comisariado, es el de Balzer uno de los que me ha parecido especialmente brillante. El análisis que hace partiendo de una cuestión puramente terminológica para abordar, basándose en el compromiso de la vanguardia con lo novedoso, el modo en que, tras la rotura de moldes por parte de la museografía americana de los años treinta (Alfred Barr), se abre paso a lo que será la figura del comisario independiente o hacedor de exposiciones (Szeemann) y organizador, con pleno derecho y libertad, de la creación y articulación de un pensamiento que se gesta en un contexto desprovisto de explicaciones, me resulta tan revelador como, creo yo, de lectura obligatoria para futuros comisarios-kamikaze. Aunque la posición de Balzer, durante todo el ensayo, transita con elegancia por el sendero de una sabia digestión de datos, una enorme capacidad de relación, una abundante información de primera mano, la distancia justa con el contexto canadiense -su hábitat natural- y ejemplos claros y concisos de lo que está contando en cada momento, nada permite asegurar con certeza cuál es la opinión del ensayista en relación al tema que aborda. En consecuencia, si se intuye que al comisario no le augura una larga vida debido a los cambios de paradigma que experimenta nuestra sociedad y que, al margen del arte y el comisariado, tienen más que ver con nuestros modos de entender y aprehender el mundo que con los de, simplemente, estar en él, invita a que sea el propio lector quien saque sus conclusiones y acarree con sus consecuencias a pesar del panorama que traza. Un ejercicio de una gran generosidad -el de Balzer- habida cuenta del hermetismo que embarra la complejidad del universo comisarial.

Tras la lectura de este ensayo y desde un terreno más cercano, a mí, a bote pronto, se me antojan dos tendencias a la hora de abordar la figura y labor del comisario: la tendencia A y la tendencia B. Dos tendencias tan polarizadas que hacen que yo, personalmente, no me incline por ninguna de las dos. Creo que la vida se colorea en base a infinidad de matices y que reducir su potencial al blanco y negro es, por bello que sea, una manera de ver las cosas que ahora mismo no me interesa.

Tendencia A:
En vista del entusiasmo que despierta cada vez que sale el tema, se diría que, en términos generales, un comisario de exposiciones es el profesional que aparece en la vida de un artista para hacer de ella un camino de rosas. Atraído por el interés que despierta su obra, el comisario se acerca a un artista para establecer con él una relación profesional. Cuanto más buena sea la relación, mejor será lo que surja entre ambos. Y si la cosa anda bien -porque se entienden sin malos entendidos- puede que, hasta incluso, lo profesional derive en personal. Es cuando se fragua lo que se conoce como amistad. Pero esto ya es otra historia…

Cuando el comisario y el artista se entienden tan bien que todo lo que hacen (respectivamente) les parece (respectivamente) estupendo, pertinente, interesante y de inenarrable valor intelectual, formal y conceptual, puede que llegue el día en que el comisario le proponga al artista realizar una exposición. O que sea el artista quien proponga al comisario acompañarle en la exposición que le han pedido que haga. Independientemente del espacio donde se realice –a saber: un museo de arte contemporáneo, un centro de arte, una sala de exposición, el salón de una casa, una fábrica desvencijada, un centro cultural o un espacio auto gestionado- el comisario y el artista aceptarán la propuesta sin ningún tipo de problema. Saben, respectivamente, que son las personas más adecuadas para acompañarse mutuamente. Se trata del momento en la vida entre un comisario y un artista que se podría identificar con lo que comúnmente se conoce como amor, o historia de amor, un típico enamoramiento.

Obviando que entre las funciones del comisario se halla, probablemente, la articulación de discursos más o menos intelectuales, el ejercicio de una escritura más o menos afortunada, el sentido de determinación y conocimiento suficientes como para conceptualizar una exposición, la habilidad en localizar el espacio más adecuado, conocer de primera mano la logística de una exposición, seleccionar a los artistas más adecuados -es decir, no sólo a los amigos-, saber gestionar un presupuesto, entender de estrategias de difusión y programación pública, estar presente durante el montaje de la exposición y, para terminar, supervisar el proceso de desmontaje para que no quede nada en el aire, parece ser que lo que más motiva al comisario es dar rienda suelta a su capacidad de negociación, alimentar su deseo de aprender, hacer lo posible para que todo sea fácil, animar en todo momento para que las cosas salgan estupendas, conseguir hacer amigos como no puede ser de otro modo, actuar como un profesional como la copa de un pino y desear que el artista no dude en promocionarle, no sólo como amigo sino también como el mejor comisario.

En la hoguera de las (ignífugas) vanidades artísticas, el comisario de exposiciones es un ser tan iluminado que se le respeta casi tanto como al mismo artista. Y si esto es así es porque sin el comisario pocas cosas tendrían sentido: ni el artista sabría cómo orientar su carrera, ni la crítica cómo focalizar el interés de una obra, ni el galerismo cómo apostar por un artista y no otro, ni los directores de museo cómo hacer para mantenerse al día, etc.

Nadie duda de que, sin el comisario, todo sería radicalmente distinto. En especial, en el mundo del arte.

Tendencia B:
En vista de la animadversión que despierta cada vez que sale el tema, se diría que, en términos generales, un comisario de exposiciones es el ser despreciable que irrumpe en la vida de un artista para hacer que su existencia se despeñe por un camino de espinas. Atraído por el interés que despierta su obra, el comisario se acerca a un artista para chuparle la sangre como si fuera un vampiro. Es tal la inquina que le tiene que cuando mejor parece que van las cosas, más confuso y negativo deviene lo que surge entre ambos. Y si la cosa sigue así, es decir, a base de de malos entendidos, puede que la batalla que se libre entre ambos ya no tenga solución. Es cuando se fragua lo que se conoce como enemistad. Pero esto ya es otra historia…

Obviando que entre las funciones del comisario se halla, probablemente, la articulación de discursos más o menos intelectuales, el ejercicio de una escritura más o menos afortunada, el sentido de determinación y conocimiento suficientes como para conceptualizar una exposición, la habilidad en localizar el espacio más adecuado, conocer de primera mano la logística de una exposición, seleccionar a los artistas más adecuados -es decir, no sólo a los amigos-, saber gestionar un presupuesto, entender de estrategias de difusión y programación pública, estar presente durante el montaje de la exposición y, para terminar, supervisar el proceso de desmontaje para que no quede nada en el aire, parece que la razón de existir del comisario no es tanto negociar como imponer su criterio, no es tanto aprender como enseñar, no es tanto facilitar como impedir, no es tanto animar como fastidiar o no es tanto hacer amigos como convertir la vida de un artista en un infierno insoportable, un carrusel de desgracias inhumanas.

En la hoguera de las (ignífugas) vanidades artísticas, el comisario es un apestado y el artista se lo merece todo. Y si esto es así es porque, sin el artista, pocas cosas tendrían sentido: ni el comisario sabría donde meter su zarpa, ni la crítica su nariz, ni el galerismo su buen hacer, ni los directores de museo la gestión de su poder, ni los gestores sus cortados a media mañana, ni los jurados su razón de existir, ni los premios su mala consciencia, etc.

Nadie duda de que, sin el artista, todo sería radicalmente distinto. Sobre todo, en el mundo del arte.

Frente a semejante contraste y disparidad de opiniones, loando o triturando la función del comisario, son muchas las preguntas que, a quien le interese, se pueden formular. A mí se me ocurren unas cuantas pero como creo que responder a cualquiera de ellas puede ser tan complicado como generador de confusiones, lo que va a venir a partir de aquí no es más que un listado, más o menos afortunado, de algunas de las tipologías comisariales que ahora mismo circulan por nuestro campo. Seguramente hay muchas más.

Si comprendemos que las formas que articulan la (indescriptible) razón de existir de un comisario imposibilita la homogeneización de la profesión, quizás lleguemos a la conclusión de que, como tal, el comisario no existe. Lo que existe, en su lugar, es el perfil de un profesional del arte que, siendo ducho en el bricolaje, el cuidado, la custodia, el conocimiento u otra especialidad relacionada con el valor que se le otorga a una obra, posee la suficiente inteligencia flexible y de aprendizaje para apostar por lo que cree y no cohibirse, en absoluto, a la hora de afrontar la naturaleza problemática de su posición. Por todo ello y, sin duda alguna, por mucho más, parece ser que el comisario está autorizado a acompañar al artista en la compleja tarea de mostrar en público la diversidad de una obra que, desde que ingresamos en la era del conceptual, a menudo requiere una explicación por la intangibilidad de unas ideas carentes de correlato objetual.

Según la plataforma desde la que el comisario acompaña el artista -es decir, desde su posición o de la del artista, de la institución que le respalda, del prestigio del espacio, etc.- no sólo los resultados serán unos u otros sino que también se puede ver afectada su credibilidad profesional, su validez como experto, su rigor “científico”, su sentido del humor, su labor como curador, la luminosidad de sus respuestas, su nivel de generosidad, el buen hacer de lo que hace, etc. es decir, aquel tipo de cualidades humanas que nos hacen persona. A todos.

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Un comentario en “Sobre el comisario, el comisariado y demás derivas curatoriales. (1)

  1. Monica Regas dijo:

    Fede molt interessant el teu comentari i analisi… podries en els capitols seguents parlar del comisari i de com sap o no tractar l’espai d’exposicio i la relacio de les obres o dels artistes entre ells… son altres temes igualment crucials…petons monica

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