Carme Sanglas, “Un mundo silencioso”, Canónica de Santa María de Vilabertrán vs Ramón Guillén-Balmes, “Petita Pol.lució en el Pallars Jussà”, Canónica de Santa María de Mur. O viceversa.

Es curioso: en los últimos seis meses he visitado un par de canónicas agustinianas debido no a mi interés hacia este tipo de construcción religiosa sino por seguirle la pista a un par de artistas contemporáneos. En ambos casos, las canónicas ya estaban allí, en su lugar, es decir, mucho antes de que llegáramos tanto los artistas como yo. En ambos casos, también, los artistas permitieron que me acercara a sendas canónicas desde perspectivas muy distintas, observándolas con otros ojos.

Actuando sobre el silencio de una canónica con la mirada puesta en el presente, el futuro que se abre entre quien estima este tipo de combinación transtemporal y las sillas de unos muros tan ancladas en el pasado, permite entender que lo que trasciende el tiempo tiene el poder de revelar sugerentes sorpresas.

Hasta la Canónica de Santa María de Mur, en el Pallars Jussà, llegué un día de otoño siguiendo el rastro de Ramón Guillén-Balmes (Cornellà de Llobregat, 1954). El artista, fallecido en 2004, había llegado hasta aquel lugar moldeando una obra que se construía en once episodios. Petita pol·lució en el Pallars Jussà, la obra en cuestión, consistía en una propuesta artística de carácter participativo, una de estas obras que conciben los artistas en colaboración de terceras personas. En este caso de once personas. O, para ser más precisos, de once mujeres en edad fértil.

La idea de la obra concebida por Ramón Guillén-Balmes en el marco de unas jornadas sobre Arte y Paisaje, organizadas en esta comarca pre pirenaica a principios de los años noventa, consistía en enterrar/plantar, a poco más de un metro del suelo y en distintos lugares de la zona, una pequeña pieza circular con el nombre de cada mujer escrito en una de sus caras. Cada una de las once mujeres debía hacerlo en el lugar que quisiera, el lugar que más le gustara y las acciones que se llevaron a cabo fueron registradas en sesiones fotográficas, en unas sesiones de las que sólo se salvaron cuatro fotografías. Cuatro fotografías por intervención, es decir, cuarenta fotografías en total. Cuatro fotografías por mujer: una grande, mostrando el lugar de cada intervención, vacío, con el rastro de la acción, todavía fresco, en el suelo y tres fotografías pequeñas registrando el proceso de realización de cada intervención en tres momentos distintos. No todas las mujeres debían tener la misma relación con Ramón. Con alguna de ellas se conocían desde hacía tiempo, con otras en absoluto. No era una condición indispensable que se conocieran a priori. Lo que más deseaba Ramón era comunicarse con alguien. Comunicarse hablando, comunicarse a través de una obra. Y el artista optó por una obra. Por algo lo era.

Siguiendo el rastro de las diez intervenciones que se llevaron a cabo durante un periodo de una semana aproximadamente -la intervención número once quedó en el aire, pendiente de que quien debía hacerlo alcanzara una edad fértil- además de conocer un paisaje que, como el del Pallars Jussà, quita el hipo a quien se le acerca, no sólo pude ver de cerca el fruto de diez obras/semilla plantadas para dar pie a una comunicación postrera, sino que vi lugares hasta entonces desconocidos y que supusieron, para mí, un verdadero descubrimiento. Uno de ellos, la Canónica de Santa María de Mur.

Consagrada en 1069 e impulsada como lugar de enterramiento por y para el Conde Ramon IV de Pallars Jussà y su esposa, Valença Mir, la Canónica de Santa María de Mur lo configura un conjunto de edificios que, desde antes de la secularización de las canónicas en 1592 y su posterior abandono a lo largo del s. XX, está formado por una iglesia del s. XI, un pequeño claustro del siglo XII de planta rectangular y dependencias anexas destinadas a diferentes usos. La iglesia, de estilo románico lombardo con tres naves y sin transepto, contaba, hasta 1915, con pinturas murales de gran valor desgraciadamente arrancadas de su lugar y transportadas hasta los espacios donde se reparten en la actualidad: el Museum of Fine Arts de Boston, en Estados Unidos y el Museu Nacional d’Art de Catalunya, en Barcelona.

Si el conjunto arquitectónico de esta canónica posee la belleza que se fragua en el silencio de unos muros grabados con la impronta del tiempo, otro de los atractivos que convierte este espacio en un lugar de ensueño, es el enclave donde se halla: en lo alto de una montaña mostrando, a sus pies, un paisaje conmovedor. Un mirador natural. Un balcón a la espalda de un ábside, junto a un pequeño cementerio poblado por no más de diez lápidas. El lugar escogido por la comisaria independiente Gloria Picazo para enterrar/plantar su polución. Una de las once de Ramón Guillén-Balmes, a la sazón, su amigo.

El motivo por el que fui hasta allí, muchos años después.

 

Hasta la Canónica de Santa María de Vilabertrán, en el Alt Empordà, llegué ayer, un domingo de agosto, siguiendo el rastro de Carme Sanglas. La artista, nacida en Barcelona en 1953 pero residente en Ordis desde 1986, presenta en una dependencia de este enclave fechado desde el 969 pero consagrado en 1060, una selección de obra muy representativa de la singularidad del vocabulario con que se expresa y que Sanglas articula, esencialmente, sobre la base de tres ejes:

– un lenguaje iconográfico, próximo a un simbolismo de corte delicado y ancestral, capaz de conectar con el espectador a través de una espiritualidad que se gesta al margen del espacio y el tiempo
– la revisión y actualización de diversas técnicas artísticas tradicionales como el temple, para algunas de sus pinturas, y la terracota, para alguna de sus obras tridimensionales, en especial, las de pequeño formato
– y un cromatismo de tonos cálidos, terrosos y atávicos aplicados sobre soportes tan variados como la madera, el papel o el plomo y que la artista combina, en su justa medida, con un material tan especial como el pan de oro, el albor que ilumina lo que, de por sí, se diría que ya tiene toda la luz del mundo. Es decir, su obra.

Formada por una selección de pinturas, dibujos y esculturas creadas en torno a cuatro pilares que fundamentan su obra y que, huyendo de la representación de la figura humana, aborda temas tan sugerentes como la casa, el mar, la tierra y los astros, el mundo silencioso que presenta Sanglas en la canónica de Vilabertrán -comisariada por Carme Sais, Directora del Bòlit de Girona- es un alegato en favor de lo enigmático como vía de acceso al universo del espectador. El timbre encargado de despertar nuestra imaginación de la suerte de letargo en que estamos sumidos desde hace ya demasiado tiempo.

La de Sanglas es una obra pensada para representar cosas y vivencias a partir de una figuración simple y depurada que, a simple vista, nos puede remitir a imágenes pertenecientes a civilizaciones ancestrales. A imágenes procedentes de culturas antiguas del mediterráneo u oriente que, lejos de lo que se encierra entre los límites de una ilustración o una miniatura medieval, la artista trabaja como objetos concebidos para ser percibidos en directo, teniéndolos delante, contemplándolos de frente, conversando con el espectador y permitiendo que el silencio lleve a cabo lo que mejor sabe hacer, es decir, escuchar.

Este gusto por el objeto y el contacto directo con la obra hace que Sanglas, además de “pintar” -escribir poesía muda, como dice Lessing- también esculpa, ensamble o moldee objetos que, evocando igualmente ofrendas, votos ancestrales o, según se mire, casas del alma, permiten entender lo suyo como algo que viene de lejos, que su obra ya existía mucho antes de que llegáramos o como aquello que la artista saca a la luz para evidenciar que la relación que existe entre el espacio puro, el vacío y el silencio es justamente el que emana del objeto. El objeto que acapara la atención del público, nuestra atención.

Por encima de cualquier cosa, en la pintura-de-las-figuras-solitarias de Sanglas impera el orden y nada de lo que representa alberga dudas acerca de lo que es: el agua es el agua, el río es el río, la casa es la casa, la montaña es la montaña, el fuego es el fuego, el astro es el astro y la persona es la persona. Todo lo que brilla en su obra son conceptos esenciales pertenecientes a la lengua del alma, a elementos relacionados con la vida y la muerte, a vivencias ancladas en el pensamiento de la artista con un hilo tendido hacia nuestro imaginario. Se trata de conceptos pensados para ser observados desde el fondo de una gama de grises, cenizas y azules conversando, como quien no quiere la cosa, con finísimas láminas de oro maleable.

Narradora de momentos vitales surgidos de un saber ancestral fiel al relato de una mirada poética y a las referencias vertebradoras de un mundo propio, genuino y personal, Carme Sanglas es autora de una obra cuya aura se configura a partir del concepto de “menos es más”, llega hasta nosotros por vía de lo íntimo, lo simple y lo esencial y echando mano de recursos formales sujetos a la memoria y a una tradición que se pierde en el tiempo, va y resulta que, en su producción, hay algo que nos lanza al fuego que arde en los cuadros de El Bosco, confronta a la expresión de los rostros de ciertas esculturas cicládicas, remite al hieratismo de los bajorrelieves Egipcios, confronta con las miradas de quienes habitan las cerámicas griegas, evoca ciertos símbolos del pasado, nos devuelve a la realidad del presente. Nos sitúa frente a una realidad elemental. La más simple.

El motivo por el que fui hasta allí, un domingo de este mes de agosto.

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