Christopher Knowles. Galería Nogueras Blanchard. Barcelona

escaners obres 788escaners obres 780escaners obres 796escaners obres 793

Se supone que a la que dejas de ser apreciado por representar un segmento del sistema del arte vinculado a cuestiones de edad o sexo para, consecuentemente, empezar a serlo por el valor, enjundia o interés de lo que dices y/o escribes sobre la base de unos conocimientos que ya has tenido la posibilidad de demostrar, no te puedes permitir desconocer la obra de según qué artista ni tampoco teoría de pensador de renombre. Tampoco está bien visto que lo manifiestes en público. En consecuencia, a la que alcanzas un cierto nivel o prestigio profesional, no sólo se da por supuesto que lo tienes que conocer casi todo sino que, de no ser así, debe parecer que sí lo sabes. Porque, como mínimo, tienes la obligación de estar informado.

Pues bien, o yo no he alcanzado este nivel de profesionalidad o soy un irresponsable o soy kamikaze. El caso es que, pese a ser considerado como “una de las figuras claves de la vanguardia neoyorquina de finales de los setenta en parte debido a su frecuente colaboración con las producciones teatrales de Robert Wilson”, a mi, personalmente, el nombre de Christopher Knowles no me sonaba absolutamente de nada. Y no porque no hubiera tenido la posibilidad de haberlo visto en Barcelona. Por lo visto, esta exposición es la cuarta vez que, en nuestra ciudad, se ha visto alguna obra de este artista. Pues yo, ni por esas.

Con semejante nivel de ignorancia a mis espaldas, mi tendencia a no querer saber demasiado de una exposición o una película antes de verla -a menos que deba escribir sobre ello en una revista especializada, no en un blog- y el deseo de visitar la exposición de Knowles programada en el marco del ciclo The Story Behind comisariado por Direlia Lazo en la Galería Nogueras Blanchard de Barcelona –y que gira entorno al hecho de “narrar, contar, explicar todo el universo interpretativo que rodea aquello que presenciamos y que se ha convertido en un elemento más de las obras”- el pasado jueves 17 de octubre me desplacé hasta esta galería para ver lo que no sabía. Y lo que vi me subyugó de inmediato. Porque fue algo que, sin esperar, me llamó especialmente la atención por varias razones:

–  por la simplicidad de un montaje limpio, mínimo, ordenado y eficaz

–  por el tamaño y extraordinaria calidad de unos “dibujos” tipográficos conocidos como Typings y que, según pude saber, fueron realizados por el artista hacia finales de los años setenta y publicados, algunos de ellos, en periódicos, revistas y catálogos

– porque la técnica utilizada es una máquina de escribir eléctrica

– por el punto de milimétrica y rigurosa obsesión que destilan estas obras

– por la perfecta combinación entre las obras en las que se lee algo de texto -palabras sueltas, frases cortas, etc…- y las que se limitan a señalar, en tres colores distintos, formas reconocibles como flechas, cruces, rayas, etc…

– por el viaje al que te invitan a la que empiezas a leer y a ver que, pese a no entender nada, es imposible dejar de hacerlo

–  y, ya para rematar, por el efecto hipnótico de unas piezas de audio en las que el propio Knowles, con su voz extraña –según parece, ya desde muy pequeño, fue diagnosticado con un trastorno de espectro autista- no se cansa de repetir lo mismo una y otra vez, con leves modulaciones de voz, algún que otro cambio imperceptible y lo mismo incansablemente sin que se entienda lo que nos quiere decir. Porque lo que hace parece que es soltar lastre.

Parecerá extraño que, con semejante pobreza de lecturas, me hubiera pasado en la galería no sólo un buen rato el día de la inauguración sino que también una buena hora el día siguiente de inaugurar. Porque regresé al día siguiente.

Y fue entonces, cuando al disponer de todo el tiempo del mundo en absoluto silencio, entendí que las frases de los typings eran fragmentos de la vida de Knowles, que lo que se escucha en las piezas de audio eran sesiones infatigables de sus terapias y que el conjunto de esa pequeña joya de exposición era una incursión en toda regla hacia el interior de un mundo de un único habitante convertido a los diecinueve años en figura relevante de la vanguardia neoyorquina y, sin embargo, un ser absolutamente aislado. Viviendo al albur de lo que se dice y supone de él. Exactamente como nos pasa a nosotros.

escaners obres 778

Más información

 

Estándar

WHITE PAGES de Ignasi Aballí. Presentación a cargo de Moritz Küng. Galería Estrany De la mota. Barcelona

escaners obres 110  escaners obres 111

¿Es posible referirse a algo en lo que esté involucrado Ignasi Aballí sin caer en la tentación de enumerar, referirse al silencio, el vacío o la nada, apelar al color blanco y a su opuesto, el negro, a la claridad y la oscuridad, a la presencia y la ausencia, invocar lo vacuo, lo lleno y lo denso, establecer paralelismos entre su obra y la de otros artistas quizás con la esperanza de que, entre todos, le consigan dar un poco de consistencia al aire o esperar, simplemente, a que el artista se explique y diga algo?

Pues bien, yo creo que no. Sin embargo, entre seguir este patrón en el orden que se quiera e inventarse lo que ayer hizo Moritz Küng a modo de presentación, en la galería Estrany De la mota de Barcelona, de White Pages, el penúltimo libro de Ignasi Aballí, fue un prodigio de imaginación concentrada en una ponencia de no más de 60 minutos de corte entre científico y pasional, a partir de algo que une, y mucho, tanto al artista con el ponente como con Àlex Gifreu, el diseñador y editor –CRU– de la criatura. Nos referimos a los libros. Que no a cualquier libro.

Planteada a la manera de una presentación ortodoxa –es decir, ponente-sentado-detrás-de-una-mesa-con-lámpara-al-lado-ordenador-con-power-point-y-público-sentado-enfrente- la presentación de Moritz Küng se pareció más a una disertación performativa que a la típica suelta de chapa que, con mayor o menor fortuna, solemos perpetrar algunos a la que se nos requiere para hablar en público. Porque partiendo de diez conceptos surgidos instantáneamente del conocimiento que pueda tener cualquiera de la obra de Ignasi Aballí – a saber y, tal como nos los nombró Küng: void, nothing, nothing +, absent, empty (one), empty (too), vacant, invisible, black out, silent- lo que nos propuso Moritz fue un viaje de fin de semana a su extensa, cuidada y estimulante biblioteca en busca de algunos de aquellos libros, libros de artista, catálogos, ediciones especiales, etc… con los que se pudiera establecer algún tipo de puente con la obra de Aballí y, más concretamente, con la que gira entorno al color blanco, la que protagoniza el libro que nos ocupa, que ayer se presentó y que, a decir verdad, es una auténtica maravilla.

Se trató, en resumen, de una rigurosa y muy currada selección de publicaciones de Mathieu Copland, Herman de Vries, Iñaki Bonillas, Cerith Wyn Evans, Stéphane Mallarmé, Marcel Broodthaers, James Langdon, Richard Venlet, Mariana Castillo Debal, Willem Oorebeek y John Cage que, explicada una por una, sin interrupción y a la manera de una monótona letanía, consiguió aproximar a la audiencia a esa desazón que a uno le invade a la que se acerca a la obra de Ignasi Aballí por muy clara, bella, explícita, interesante, densa, emocionante, anodina y anónima que pueda ser. A primera vista. Porque nunca es nada de todo ello. Porque nada es algo. Y porque este algo, en Aballí, lo es todo a la vez.

escaners obres 115  escaners obres 113

No en vano la ponencia de Moritz Küng se tituló (White Pages) Niets is ook iets, es decir, (Paginas blancas) Nada es algo. Y el artista no dijo nada.

Más información (sobre el editor)

Estándar

Dora García. Galería Projestesd. Barcelona

titulo

escaners obres 078   escaners obres 051

Mientras que, en una parte de la ciudad, hay quien se ve impelido a inventar un título de exposición de reacciones insospechadas para, quizás, llamar la atención acerca de lo que se nos quiere decir -para más información remitirse al texto sobre Sergi Botella y Pep Vidal-, en otra parte de la misma hay una artista a la que todo esto no sólo le da absolutamente igual sino que hasta está dispuesta a ponértelo difícil para que llegues a entender algo. Nos referimos a Dora García. Una artista conocidísima por todos, entre otras cosas, por el compromiso que mantiene con lo que, sin titubear, afirma en el titular de la entrevista que le hace Bea Espejo en El Cultural de esta semana. A saber: es un placer afrontar la dificultad.

Así pues, nos vamos a ver la exposición que ahora tiene en Barcelona, sabiendo que la experiencia no será nada fácil. Para nada. Ni tampoco llevadera. Nunca lo ha sido y creo que, difícilmente, lo será algún día. Al menos a primera vista y sobretodo si lo que se pretende es encontrar esa señal que, sin estar dispuestos a trabajarnos mentalmente la exposición, nos invite a penetrar en su mundo distante, compacto, rico en variedad de matices y absolutamente sensible y delicado pese a lo que digan las malas lenguas.

Partiendo de la base de que la obra de Dora, al igual que un jabalí, es imposible comérselo en cinco minutos sin que a uno se le atragante y/o muera, lo que nos depara en su reciente Here comes everybody es una cuidadísima y bien instalada selección de obras recientes generadas a partir del trabajo que la artista viene desarrollando entorno a James Joyce y, como se nos aclara en la hoja de sala, entorno a “la idea de texto e interpretación, la lectura como acción, el lenguaje como traductor de lo real y quizás como creador de la realidad, el lenguaje como estructura del inconsciente. La poesía, como enfermedad, como desviación del lenguaje. Todo esto está allí, pero también el artista y la audiencia, el artista y el éxito, el artista como creador de público. Y también Finnegans Wake como texto. Un libro que destruye el lenguaje”.

Yo no sé en primera persona cuál es el efecto destructor de ese libro de Joyce al que se refiere Dora pero si del efecto que me ha producido a mi la exposición que he visto esta tarde. Tanto por Malsón –libro perteneciente a la magnífica serie Leído Con Dedos de Oro iniciada en 1999 y que a mi, personalmente, me partió el corazón desde el primero que vi-, como por la Partitura Sinthome (estudios preparatorios) por lo que tiene de instrucción y de dibujo hecho a mano aunque, sobretodo, por los 53m con los que se me ha  invitado a consumir íntegramente  lo que, a mi juicio, justificaría por sí mismo esta exposición de Dora en Projectesd: The Joycean Society, la investigación en video que Dora ha venido realizando casi sin sosiego y durante un año en el círculo de lectores de la Zürich James Joyce Foundation dedicada desde 1986 -sin interrupción!!- a la lectura cíclica y sin fin del Finnegans Wake de este escritor dublinés.

Entendida como colofón de la trilogía formada por The Deviant Majority (2010) y The Inadequate (2011), lo que la artista narra en este video que presenta de modo simultáneo en su galería de Barcelona y el Centro José Guerrero de Granada, es una edición absolutamente impecable de las sesiones de lectura que, a la manera de un mantra o de una cuestión de carácter religioso, vienen realizando un grupo heterogéneo, intergeneracional y variopinto de personas consagradas en cuerpo y alma a la deconstrucción obsesiva, desenfrenada y terapéutica de este “libro sagrado” de Joyce caracterizado, entre otras cosas, por ser adictivo pese a la dificultad de su compresión.

¿Qué he dicho? ¿dificultad? ¿no era eso de lo que Dora nos hablaba en aquel titular de la entrevista de Bea? Pues si. Aunque la máxima dificultad que he tenido yo ha sido abandonar la sala cuando el video ha terminado. Porque quería más. Mucho más.

Más información (Projectesd)

Más información (Centro Guerrero)

Más información (La entrevista de Bea)

Estándar

Sergi Botella y Pep Vidal. La Capella. Barcelona

escaners obres 022  escaners obres 006

escaners obres 005  escaners obres 030

Haciendo gala de ese buenrollismo tan guay, endogámico y característico de nuestra ciudad condal, hay quien, como Sergi Botella, no duda en titular la exposición que ahora tiene en La Capella como sigue: Tallar-se una ungla per netejar la merda de les altres. O  sea, Cortarse una uña para sacar la mierda de las otras. Pensado, quizás –o no-, para aproximar al profano al mundo del arte y, a ser posible, esperar que se interese por la complejidad de ese sector al que, como él, somos unos cuantos los que nos dedicamos, lo que se esconde detrás de este título diría que, además de lo que se puede ver con todo lujo de detalles, es una suerte de declaración de principios puesta por el artista en circulación para provocar en el espectador algún tipo de reacción. Y a mí, personalmente, me la provocó al leerlo por primera vez: desistí asistir a la inauguración. Oficialmente por overbooking en mi agenda.

Con esa batería de sensaciones pacatas, prejuicios varios y cerrazón mental en mi cerebro, he ido esta tarde y sin dilación a ver esta exposición de Sergi Botella de tan egregio y memorable título. Y debo confesar que, al entrar en la sala, en lugar de salir corriendo, me he visto seducido por una suerte de serenidad que, sin saber a qué se debía, sentía que destilaba de los siete sets con los que, a modo de pequeños platós, el artista había dividido el gran espacio de la Capella. Por bien que, como dicta la hoja de sala, los siete sets de la exposición se conectan entre si por su vinculación con el sacrificio, yo he sido incapaz de captar esta conexión. Salvo por lo obvio de uno de ellos: el que se refiere al sacrificio humano y que el artista ha decidido resolver montando una oficina de trabajo in situ para la creación de una novela a dos manos entre el propio artista y el escritor Javi Bermudez.

Independientemente del sacrificio sobre el que se reflexiona en cada set, hay una cosa en todo el proyecto que me llama especialmente la atención y es esa voluntad de hacer explícita la colaboración que Botella ha requerido de terceros. En especial de la magnífica Francisco talking to the animals, realizada por Pere Llobera en 2009.

Pasado un buen rato yendo y viniendo,  escuchando el vinilo que debe poner el espectador, admirando el susodicho cuadro de Llobera y apreciando la calidad renacentista del políptico de las uñas y su mierda realizado en fotografía por Goran Bertok, me he dispuesto a abandonar la sala no sin antes detenerme donde no lo hice al principio, es decir, en el espacio donde el matemático, físico y artista Pep Vidal expone una verdadera maravilla para todos los sentidos:  un cubo de 83 cm de arista y casi una tonelada de peso instalado en el centro del Espai Cub y concebido para la condensación y aislamiento de la nada. Que no es poco!. Yo no se si será verdad o no. Ni tampoco si será cierto que, en su interior, se esconde todo lo que se afirma en la hoja de sala. Lo que sí sé es que me he quedado fascinado con lo que, pese a todas las referencias cúbicas que existen en el arte contemporáneo, un artista de hoy puede ser capaz de decir a partir de la nada más absoluta. Pura poesía. En suma, un verdadero regalo.

Más información (Sergi Botella)

Más información (Pep Vidal)

Más información (Barcelona Producció)

Estándar

Arte Ficción. Caixaforum. Barcelona

escaners obres 107     escaners obres 113

Ya no es suficiente con disponer de una extraordinaria colección de arte contemporáneo para la articulación de un discurso basado en una selección de obras y ciertos criterios o investigaciones; tampoco lo es concebir un montaje que facilite un diálogo entre las obras para que sea el espectador quien averigüe su qué y si no qué-más-da; tampoco que la exposición se inaugure a tiempo, que todo el mundo esté contento, que no haya habido ningún problema, que la prensa hable del resultado glosando la calidad de una iniciativa antaño visionaria y convertida en el presente en un recuerdo a la memoria… Ya nada es suficiente.

En la era del interminable debate sobre los formatos expositivos, su pertinencia o no, la eficacia, inutilidad o fracaso de los displays, la necesidad o no de recurrir a ciertas estrategias, etc, parece que lo que toca es aventurarse a inventar nuevas fórmulas expositivas quizás más acorde con nuestro tiempo y, sobre todo, capaces de despertar algo más que desasosiego.

Motivados por este deseo o no, la exposición Arte Ficción ideada por Manuela Pedrón y Jaime González en el marco del ciclo Comisart de Caixaforum Barcelona consiste en una esmerada selección de diez obras de la Colección que no pasaría de ser una más –en La Caixa, a primera vista y como le sucede a Serrat con sus canciones, casi todas las exposiciones parecen la misma- si no fuera por el modo en que proponen que la veamos. A saber, no como una exposición sino como si fueran seis-en-una. Una experiencia a la que nos podremos aproximar a la que entendemos que el entramado con el que se mina el suelo no se trata de una obra más sino de los recorridos que se deben seguir para ver bajo el influjo de conceptos inexplicados –utopía, distopía, cataclismo, paradoja, génesis y virus- lo que, de modo ortodoxo, se vería de un plumazo. Y que, a decir verdad, tampoco estaría nada mal.

Como ejercicio curatorial propuesto para sacarle partido al espacio experimental del que dispone la Colección de Arte Contemporáneo de La Caixa en Caixaforum Barcelona o a la infinidad de conceptos sesudos con el que a menudo nos complicamos la vida, se trata de una propuesta que merece la pena ser visitada. Como ejercicio curatorial propuesto para salirse de las “estrellas” habituales de la colección y proponer otra mirada a la misma aún sin haber resistido la tentación de sacar a pasear de nuevo el magnífico Slominski, también vale pena dirigirse a Caixaforum. Ahora bien, si lo que se buscan son claves imaginativas para la dinamización de una colección o salidas radicales de los patrones establecidos o una simple bocanada de aire fresco o el aliento gélido del riesgo o la sensación de que algo está cambiando o ver como alguien la pringa y le da igual o una mísera señal de que, a riesgo de recrear la matanza de Texas, nos estamos dando cuenta de que ya va siendo hora de matar al padre, la madre, las tietas, los primos/as y a quien haga falta para despertar con gritos y no susurros de ese muermo tan local del que parece que no despertamos, no hace falta que vayamos a verla. Quizás no sea el lugar ni el tiempo ni tampoco lo que debamos esperar.

En fin, que cada uno haga lo que quiera. Yo he ido a verla y no me arrepiento. Algo me ha provocado.

Más información

Estándar

Biennal de Valls – Premi Guasch-Coranty 2013. Valls

Equivocadamente o no, siempre creí que la Biennal de Valls era de ese tipo de certamen especialmente útil, necesario y beneficioso para quienes, una vez acabada la carrera de Bellas Artes -es decir, sin moverse como pez el agua por el circuito del arte, comercial o no- pudiera testar la enjundia de una obra que pocas veces había visto expuesta en una sala de exposición, que, de ser galardonada, entraría a formar parte de una colección testimonial concebida in progress y que, tanto si ganaba como si no, como mínimo le remunerarían por el mero hecho de tener que desplazarse para instalar su propuesta en condiciones más que aceptables.
En vista de que los galardonados de la edición de este año -Mireia Sallarés, Mar Arza y Joan Morey: os felicito sinceramente!!!- no se ajustaban en absoluto a lo que yo creía desde hacía tanto tiempo, me pasé por Valls en mi camino de regreso a Barcelona desde Zaragoza. Un pequeño devaneo por las tierras del Ebro del que extraje alguna que otra lectura.
Al margen de que la vinculación de esta Biennal con la Fundación Guasch-Coranty -vinculada a su vez con la Facultad de Bellas Artes de Barcelona- hace que la visita a este certamen le garantice a quien viene de Barcelona una experiencia similar a la que sería comerse una paella en Barbados, lo cierto es que lo que vi me gustó bastante-mucho. Tanto por la obra de los artistas que ya conocía y la posibilidad de volver a verla en otro marco, condiciones y en diálogo con otras, como, sobre todo, por la de aquellos que no conocía en absoluto y que supusieron para mi un verdadero descubrimiento. Como es el caso de los dibujos en tinta de Èlia Llach o el dodumental artístico de Miquel García pese a tener que confesar que no conseguí ver los 146 minutos que se requerían para hacerlo.
Dicho esto -es decir, que la exposición está muy bien, que estoy muy contento por los artistas seleccionados y los galardonados y que mereció la pena mi viaje hasta allí- querría decir las cosas que no me gustan tanto. O, para ser positivos, que me gustan menos. A saber: que artistas que se mueven como pez en el agua por el circuito se tengan que presentar para ver si pillan premio o, como mínimo, la remuneración -el fee- por el hecho de exponer en el Museu de Valls; que se presenten artistas que cuando las cosas iban bien declinaban participar en este certamen por considerar que era cosa de niños; que con eso de ser un reflejo de los tiempos que corren el reconocimiento de un premio como, ya es de por si, la participación en una Biennal como la de Valls se pueda transmutar en una merienda de negros o, en el peor de los casos, que por culpa de esta crisis que nos está matando estemos asistiendo al desplome de un sistema artístico víctima de su fragilidad, carencia de convicción, tendencia onegeísta -de ONG-, falta de ética, de escrúpulos y, sobre todo, de mucho morro.
Quizá no sea nada de todo eso y que el problema se reduzca a la mala digestión de la coca de arenque que me casqué a media mañana.

Más información

Estándar

Javier Peñafiel. Pabellón Puente Zaha Hadid. Zaragoza

Si aventurarse a visitar el recinto de una exposición universal en este país le puede deparar a uno una experiencia sumamente desasosegante, estremecedora y hasta siniestra -especialmente si se hace pasados unos años desde el cierre de sus puertas- esto es algo que se puede traducir en inenerrable si lo que se va a visitar es la intervención de Javier Peñafiel en el Pabellón Puente de Zaha Hadid para la expo de Zaragoza de 2008. Pero no del mal rollo, que quede claro.
Consistente en una pieza de audio surgida de conversaciones con habitantes de la ciudad y una edición más que depurada de las más de 700 horas que consiguió grabar, la propuesta de Javier es un homenaje a la memoria de lo que un día se configuró como el foco máximo de interés de una ilusión colectiva. Justamente lo que se puede apreciar tras la escucha de las ocho pistas que el artista distribuye por la zona más abierta del puente y los momentos corales en los que se pueden escuchar -a pares- las palabras más repetidas durante las conversaciones y que son las que acompañan al visitante desde la entrada al recinto hasta la zona donde se escuchan las voces.
A diferencia del horror de las piezas de audio con que se amenizan las visitas a cárceles en desuso, minas de extracción de minerales, pasadizos secretos bajo las ciudades o en los parques temáticos, esta obra de Javier permite que nos sintamos menos solos en medio de un paisaje que, de ser visto en silencio, parecería el del día después de una explosión nuclear. Acompañándonos yendo solos a través de la textura de una voz, el carraspeo de una garganta, distintos momentos de duda humana, la tesitura de un funcionario, la inociencia de un emigrante o la cálida palabra de una voz anodina, lo que consigue Javier es que, casi sin pensar, nos interesemos por cada uno. Por la historia de cada uno.
Cuando decides que te vas y empiezas a oir a lo lejos la voz de un niño como perdido, es cuando empieza lo peor. Porque te giras para ver quien es. Porque te das cuenta de la chorrada que acabas de hacer. Y porque es entonces cuando te topas de bruces con lo solo que estás de verdad. Desde el día en que nacemos.
Relatada por no sé que razón a la manera de una experiencia entre mística, sublime, y profundamente intensa, lo cierto es que no estaríamos muy lejos de sentirla de este modo si no fuera por lo que el espectador se debe tragar antes de alcanzar esta zona de pensamiento: el espanto de exposición en el que incomprensiblemente se enmarca esta propuesta de Javier y que está dedicada a conmemorar los cinco años de la expo de Zaragoza. Luego nos quejamos de que no hay dinero!!!

Más información

Estándar

6 x 10. Dilluns al sol. Barcelona

«Pues entrando y saliendo». A partir de esta respuesta de Joaquin Jordá a la pregunta que le hicieron una vez acerca de cómo había conseguido mantenerse tanto tiempo sin haber caído en la tentación de traicionarse a sí mismo y vender su alma al diablo, es lo que le sirvió a Marina Garcés para empezar un discurso de algo más de diez minutos acerca, entre otras cosas, de nuestra percepción del concepto de duración, de la necesidad de asumir un compromiso para no tener que acatar órdenes, autodestruirse o silenciarse o a la pertinencia de mantenerse en movimiento contínuo entre ese adentro y afuera del que, en el fondo, somos nosotros la única frontera. Ella lo explica muy bien.
Esto fue en el marco de la segunda sesión pública organizada por el colectivo los Lunes al sol -es decir, otro 6 x 10– la tarde de ayer en la Fundació Suñol de Barcelona y en la que, compartiendo estrado con el filósofo, músico y periodista Bernat Dedéu, el escritor y físico Agustín Fernandez Mallo, la narradora, periodista y profesora Mercè Ibarz, la arquitecta Carme Pinós y el artista visual Daniel García Andújar, la filósofa Marina Garcés nos ha vuelto a recordar la necesidad de mantener permanentemente activas nuestras duracel para que, cual conejos, no flaqueemos y dejemos de movernos.
Quienes prácticamente no se movieron durante las dos horas que duró la sesión fue un público más que entregado a lo que iba sucediendo en el estrado. Con sus más y sus menos, intereses y desistenteres pero todos con la convicción de que cosas como esta está muy bien que vayan sucediendo. Porque es sintomático de que no estamos muertos, de que hay algo que se mueve de verdad, porque aunque no sepamos qué va a suceder nos da la gana hacer este tipo de propuestas, porque es casi obligatorio dejar de lamentarse y porque, por encima de todo lo dicho, nos importa lo que hacemos.

 

Más información

Estándar

Jorge Satorre. Halfhouse. Barcelona

escaners obres 066

Que, pese a la que está cayendo, consigan mantener a flote el barco por el que se lanzaron a la piscina hace unos años y no sólo eso sino que, cuando vas a ver alguna de las propuestas por las que se entregan en cuerpo y alma, no te veas convertido en uno de esos vulgares kleenex sobre el que algunos responsables de galerías, espacios de arte, instituciones públicas y privadas y demás acostumbran a depositar lo que les sobra de sus narices para acabar tirándote a la basura sin ni tan siquiera pedirte disculpas o preguntarte si te importa, es lo que hace que cualquier visita a Halfhouse y el consiguiente encuentro con Alberto Peral y Sinead se convierta en algo más que una visita a un lugar donde expone un artista. Porque, más que un lugar, se trata de un contexto, más que un artista se trata de un compañero y más que meros anfitriones, sus artífices son custodios de lo que cada uno quiera ver.

Como no pude ir cuando lo inauguraron hoy he ido a Halfhouse para ver el proyecto de Jorge Satorre. Un proyecto que, si a partir de las fotografías que había visto, no me había llamado especialmente la atención, debo confesar que me ha sorprendido. Se trata de la reconstrucción en cerámica y cemento tintado de uno de los pilares que sustentan el balcon bajo el que se crea el porche de la casa.
escaners obres 069  escaners obres 081

Ubicada en el centro del jardín y desposeída de la función por la que se debió inventar, la columna exenta de Satorre invita a apreciar el carácter escultórico de ciertos elementos de la arquitectura, la inutilidad del arte, la necesidad de unas buenas cuerdas para tender la colada y, además, el interés que mueve al artista a investigar el enigma de los menhires. Por ello es sumamente interesante detenerse a leer algunos de los carnets que escribe el artista en su búsqueda incansable de este tipo de monumentos.

Yo me lo he pasado muy bien, el día nos ha regalado un sol de playa, nos hemos encontrado con unos cuantos amigos y cuando nos hemos querido dar cuenta habían pasado casi dos horas y no nos habíamos ni enterado.

Más información

Estándar

Cédric Andrieux. Mercat de les Flors. Barcelona

Empezaré por el final: todavía estoy entusiasmado con Cédric Andrieux, la pieza solista concebida por Jérôme Bel en 2009 para el bailarín que da nombre a la obra y que, si hoy hemos podido ver en el Mercat de les Flors, mañana también será posible.
Con un escueto «Bon soir, je m’appelle Cédric Andrieux….» empieza lo que, durante los 80 minutos restantes, será una incursión en toda regla a una manera de entender la danza contemporánea a partir de la historia particular de quien al cabo de los años y tras iniciarse con Philippe Tréhet, pasar por la férrea disciplina de Merce Cunningham y tomar conciencia de sus propios límites a través de Trisha Brown, es capaz de soltar algo tan simple, claro y llano como que «antes de ser bailarín, soy persona». De modo que cuando al final de su actuación, se despide de la audiencia con otro escueto «Bonne soirée» uno tiene la impresión de haber asistido a una clase magistral de honestidad y profesionalidad sobre la base del azar, el error, el dolor, el cabreo, el placer, la ambición, la frustración, la humillación, la elección, el tedio, la pasión, las convicciones personales…. en suma, la vida.
Algo de lo que para hablar como él lo hace -es decir, con absoluta y conmovedora certeza y veracidad- seran necesarios unos cuantos años de dedicación al desarrollo de lo que realmente le apasiona a uno. Los que necesitó Cédric Andrieux para entender lo más interesante de su carrera, el modo en que esto le influyó en su modo de ser, convertir este ejercicio en una pieza para el público e invitar a quienes vayan a verlo a reflexionar sobre el esencial sentido del arte. A saber: la vida.
Con cosas así, nadie puede decir que en Barcelona estemos fatal!!! Mal sí, pero no fatal.

Más información

Estándar